Juan vino de la Ciudad de Los Caballeros, trayendo consigo un montón de amabilidad y humanidad. Su carácter sencillo y espontáneo, lo hicieron merecedor del respeto y cariño sincero de quienes lo conocían.
Trajo consigo los valores y el gentilicio andino, los cuales inculcó con amor a sus hijos, aunque al final, no pareció ser suficiente, ya que no pudo alejar a la niña de sus ojos de aquel, su verdugo.
No lo presintieron y mucho menos lo imaginaron, a pesar de que su hija Andrea, diminuta y hermosa flor, semilla del amor, jovencita de apenas 17 años, había tomado como marido a aquel joven criminaloide, quien hasta esa noche, no había sumado a su lista de delitos, un crimen tan lamentable.
La violencia en el barrio zapateaba en todos sus callejones y desde hacía mucho tiempo, cual presagio ineludible, amenazaba, trastornando y llenando de dolor e impotencia hasta a los más resignados.
Fueron la vida y los sueños de Juan, los que se vieron truncados aquella noche de cohetones, hallacas y bonche. Fue la mano de aquel pilluelo, descarrilado de la línea correcta de la vida y totalmente desprendido de los valores humanos, que con fallido esfuerzo intentaron infundirle sus humildes padres.
En plena celebración Pablo, presa de los efectos de alcohol y drogas, se cruzó en el camino de su victima y floreció allí el odio que desde hacía tiempo, llevaba germinando en su ser cual semilla venenosa.
Esa noche de júbilo para todos, se transformó en dolor para otros, pues Pablo cortó la cuerda que unía a Juan con la vida. Así acabaron las diferencias entre suegro y yerno, pero también acabaron los sueños de Juan y comenzó la pesadilla para Andrea.
En el albor del primer día del año y debajo de un cielo ahumado y salpicado de luces multicolores, una breve discusión fijó el destino de Juan.
Pablo, cegado por la ira, el alcohol y las drogas, desenfundó un arma de fuego y apretando el gatillo sin un resquicio de piedad, le dio una pausa sin regreso a la sonrisa que en ese momento, se dibujaba en el rostro de Juan.
Cuatro balas ardientes y cargadas de muerte atravesaron la humanidad de Juan, quien desfallecido por sus últimos alientos, cayó en los brazos de Andrea, quién aterrorizada y llena de dolor no podía entender qué pasaba.
Por esas mismas escaleras que durante años recorrió, lo bajaron cargado, regando los escalones y la cuneta con las gotas escarlatas y cálidas de su triste agonía, seguido por el llanto y la impotencia de familiares y amigos.
Mientras tanto, quien lo condujo hacia su inminente muerte, corrió cobardemente por las filas del cerro, bajo el manto cómplice de la oscuridad. Hoy sigue cobijado bajo la capa insoluble de la impunidad.
Cualquier parecido con la realidad, no es ninguna coincidencia, sólo algunos nombres y lugares cambian.
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